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Al igual que The Beach Boys crecían en su sonido a la par que su miembro Brian Wilson progresaba y comenzaba a convertirse en un artista de un plano superior al resto, The Kinks sobrepasaban su madurez a la vez que Ray Davis y su descomunal talento crecian de manera ascendente.
Siempre al margen de las modas, tan pronto tocando dos acordes para componer un himno del garage rock (''You Really Got Me'') como construyendo una ópera rock pocos años después. Este eclecticismo suyo ha sido siempre un arma de doble filo que les daba tanto como les quitaba. Imposibles de encasillar, con una discografía enorme, contundente y muy variada, daban a su obra una riqueza enorme, pero abarcar tanto les dio a cambio no gozar de la fama ni de la trascendencia de otros coetáneos como The Beatles.
Village Green es posiblemente el disco que mejor les define como grupo, y con toda seguridad su obra magna. De ellos y del rock y el pop en general. Un disco con trasfondo costumbrista de la campiña inglesa, que solo alguien con una flema británica como Davis es capaz de describir tan mordazmente, con tan mala leche y de una manera tan acertada. Solo con la letra del tema que abre el álbum ya se ha ganado el premio a la sordidez, con permiso de Frank Zappa mediante.
Sin llegar a la auto-referencia, las morsas y los monos que esconden cosas de John Lennon, si que sus letras suelen tener lugares comunes. Hacer de lo cotidiano lo más extraordinario, con personajes tan increíbles como los que impregnan ''Do You Remember Walter?'' o ''Johnny Thunder''. Pero es que en lo musical también se habían convertido en una locura total. ''Wicked Annabella'' con su siniestro riff y la voz de Dave Davis susurrándote al oído para acabar con esa violencia final, o el carrusel siniestro de sonidos que es ''Sitting By The Riverside'', de lejos uno de los temas más lisergicos que habían compuesto, muy en la onda del Sgt. Pepper.
Quince temas que dan para mucho, pese a no ser un disco demasiado largo, y que en conjunto forman un bloque demoledor. No me viene a la cabeza un inicio tan seguido de temazos en otras bandas como lo son los cinco primeros cortes de este disco. Quizá se pueda echar en falta una canción absoluta que recordar, al igual que en el disco antes mencionado de The Beatles, pero el conjunto prima por delante de las individualidades (dicen) y con una calidad tan alta tampoco es necesario.
Mi exigencia con The Kinks es siempre muy alta, pero con esta obra maestra poco se les puede reprochar. Un disco muy contundente que pondría a la banda definitivamente entre los más grandes artistas que darían las islas en su historia. Dios salve al pato Donald.
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